Monthly Archives: Novembre 2008

“Nubes” de FLX, del llibre “Aeda, la ruta del verbo”

NUBES de FLX

Entre
S. Vicente y Muchamiel hay muchas residencias de
la
tercera edad. A una de ellas es adonde vamos. Lo sé porque
las
voy contando cuando aparecen en los carteles, todas con unos
nombres
muy bonitos y de colores claros y luminosos. La residencia
donde
está mi abuela no recuerdo cómo se llama, es un nombre
bien
raro para una residencia de ancianos.

Mi
abuela tiene una enfermedad que se llama Alzheimer
y
es muy grave. Mis padres me lo han explicado alguna vez, pero
yo
no acabo de entenderlo del todo. Sólo sé que ahora ella
se
parece
mucho a un niño pequeño, y mueve sus manos en el aire
intentando
alcanzar cosas que no hay, como mi primo Luis, que
nació
hace bien poco. Ahora está muy delgada, antes era más
g
rande,
ahora es pequeñita. De antes no recuerdo mucho porque
cuando
jugaba conmigo y me decía cosas era aún muy chico.
Luego
mis papás la tuvieron que trasladar para que la cuidaran
en
esta especie de hotel para personas mayores que es como lo ll
ama
mi madre, aunque a mí no me parece un hotel, he estado
en
alguno de ellos y ninguno tiene ese olor como de casa vieja
cerrada
durante mucho tiempo.

Hoy
es su cumpleaños y la vamos a llevar a comer fuera,
a
casa con nosotros y luego iremos a dar un paseo.

Miro
por la ventana del coche y veo pasar
algunos
árboles,
muy
pocos, porque en general todo es plano, como muy seco y
todo
es del color de la tierra. Ya estamos llegando, lo sé porque
veo el cartel de letras negras sobre fondo blanco.

¡Cap blau! Así
es
como se llamaba. A ver si me acuerdo para la próxima vez,
aunque
da igual. Hay que llamar al timbre y te abre una señora
con
una bata blanca. Entonces pasamos y vuelvo a notar ese olor
a
cerrado. A mí no me gusta el sitio, está todo lleno de
personas mayores sentadas o caminando hacia ninguna parte por esos
salones y pasillos que hay junto al ascensor. Ahora llaman a mi
abuela, ya la veo, esta ahí sentada, y pasamos. Todos le dan
besos, yo también, porque me gusta el tacto de la piel
blandita en mis labios. Ella hace como que los da, pero la intención
es lo que cuenta y yo sé que si pudiera ella también me
los daría. Mi padre dice que ya no se entera de nada, y que
tampoco nos reconoce, pero yo creo que sí que sabe quién
soy, que se acuerda de mí. Si no, no se le pondrían los
ojos brillantes como cuando era pequeño. Ésa es una de
la pocas cosas de las que me acuerdo cuando estaba con ella. Es
difícil de olvidar porque unos ojos como los suyos, tan
grandes y negros, siempre se te quedan grabados. Esos mismos ojos que
mi madre y mi hermano mayor han heredado. Yo los tengo verdes, como
mi padre.

De camino a casa
ella se sienta delante, mi madre pone esa cassette que le gusta tanto
y que tenemos que oír cada vez que la llevamos de paseo. Es un
poco pesada y a mí no me gusta porque es de coplas y
sevillanas que sólo hablan de mujeres y de comida, pero me
hace gracia cuando ella se pone y las tararea como si pudiera
cantarlas, pero no puede, y cuando se le escapa el ritmo se pone a
mover los hombros como si estuviera bailando, y todos nos ponernos a
aplaudir y a cantar y después ella se ríe y todos nos
reímos. Hoy hace mucho calor, ella lleva un vestido de
tirantes blanco, creo que nunca se lo había visto, a lo mejor
es nuevo. Vamos a comer afuera, en el jardín, así que
preparamos la mesa mientras ella nos mira, sentada en la mecedora. Yo
pongo dos platos y me acerco a ella, me coge de la mano e intenta
decirme algo, pero no la entiendo, nunca la entiendo, pero yo le digo
que sí y que sí, así ella se ríe, y yo
también.

Es
mi madre la que le da de comer, puré, que a mí no me
gusta nada, pero a ella parece que sí, bueno, no lo sé,
supongo que a ella le gustará porque si no no se lo comería,
o tal vez es
que
no tiene elección, como cuando yo era pequeño y mi
madre me obligaba a comer un puré parecido al suyo, que era de
lentejas.

Después de
comer se ha quedado dormida, todos se han ido a dormir la siesta
menos papá y yo. Papá lee el periódico en el
jardín junto a la abuela y yo coloreo un librito de Pokemón
que me han regalado.

La abuela está
dormida, pero parece como si no respirase. No hace ruidos, se está
quieta y sus ojos permanecen cerrados, como cuando alguien de este
mundo se va. Sigo mirándola y pienso que no me gustaría
que mi abuelita se muriera, aunque no pueda decir nada, ni estar como
antes, yo sé que quiere estar aquí entre nosotros, y
que la pone contenta que todos estemos juntos, y el vernos a mis
padres y a mí. A mí me quería mucho, aún
me quiere, lo noto. Además es la única abuela que
tengo. A muchos de mis amigos aún les quedan todos sus
abuelos, aunque también es cierto que a Mario no le queda
ninguno, no, Mario no tiene abuelitos. Todos se murieron antes de que
él naciera.

Me gustaría
que pudiera hablar y moverse como antes, como cuando me llevaba de
paseo, pero creo que eso ya no va a ser posible, me lo han dicho mis
padres. Ahora tengo que ser yo quien la lleve a dar los paseos por el
parque que está junto al colegio. Bueno, mis padres y yo,
seguro que luego vamos, como la última vez, para ver cómo
comen las palomas de mi mano o se me suben a la cabeza.

Parece que se
despierta y ahora es ella la que me mira a mí. Sonríe.
Miro a mi padre y le digo "¡papá!, la abuela se ha
despertado." Él la mira y le coge la mano. Me dice que
vaya a vestirme, que nos vamos a dar un paseo. ¿Ves? Yo ya lo
sabía.

Mamá
le ha regalado una pulsera y ahora la lleva puesta. La abuela la toca
como si quisiera quitársela o ponérsela bien, puede ser
que no le guste, que es demasiado mayor para esas cosas. Ya no lleva
ni las pulseras ni los collares que antes tenía
siempre
encima de la mesita. Recuerdo que un vez rompí uno de
esos
de bolitas blancas, pero, le dije que lo había perdido y no le
importó, así que no me hizo nada, aunque yo me habría
enfadado, porque me enfado cuando mi hermano me coge mis cosas y
luego no puedo encontrarlas porque me las pierde.

En
el parque hay mucha gente hoy, hay amigos de clase y el vecino de
enfrente que siempre está rodeado de chicas. Las palomas van a
comer mucho hoy. Mi madre ha visto a una amiga y se ha parado a
hablar con ella, mientras nosotros seguimos caminando hasta el banco
de siempre, al lado de la palmera. Nos hemos sentado mi padre, la
abuela y yo. Él aún sigue con el periódico y yo
con un cucurucho de maíz que echo a las palomas. Al poco rato
mi abuela se ha puesto a llorar, sin saber por qué,
últimamente llora mucho, aunque no sé el motivo. Mi

madre dice que es de la enfermedad. Llora como un niño
pequeño, la enfermedad que convierte a los mayores en niños
pequeños. Yo ahora no lloro tanto, el otro día sí
porque me caí y me hice mucho daño. Ahora ya no me
duele la rodilla. Al verla mi madre ha acelerado el paso y se ha
sentado a su lado, le ha dado un abrazo y ha hecho que deje de
llorar.

Al llegar a casa
hemos cogido sus cosas y las hemos puesto en el maletero. Hay que
llevarla otra vez a la residencia. así que hemos vuelto a
pasar por el mismo puente, he visto los mismos árboles y el
mismo cartel que anuncia la coca-cola. Yo prefiero la Pepsi.

Nos ha abierto la
puerta otra chica de bata blanca, diferente a la anterior y hemos
entrado al salón para estar un rato más antes de
despedimos. No me gusta este sitio. Solo hay gente mayor. Mientras
mis padres hablan, ella me coge del brazo. Yo miro al resto de
ancianos. Ahí está la mujer que aprieta los dientes con
fuerza y hace ese ruido que me pone nervioso, y dos asientos a su
derecha la que se lleva la mano a la boca y mastica como si estuviera
comiendo algo, al principio lo creía, luego me acerque y me di
cuenta de que no estaba comiendo nada, entonces se lo dije a papá.
También está el hombre que el otro día nos dijo
que era cura y que había estudiado en la universidad y que
tenía una hija muy mala. Creo que estaba enfadado. Siempre que
venimos está enfadado. Me pregunto si todos ellos tendrán
nieto o hijos que les visiten, si han tenido su casa y su trabajo o
si han sido siempre así o si aún los quieren.

Después de
darle un beso en la mejilla, la chica de la bata blanca nos ha
acompañado hacia la puerta y hemos suelto al coche.

Mientras los
árboles pasan, me pregunto cuándo la volveré a
ver. Observo el cielo y juego a hacer figuras con la forma de las
nubes. Mi abuela está en una de ellas.

 

 

 

Maximilian
Goldmann y el reino de la luz” entre tantes altres. Com prosista ha publicat Cartas a Eros (Elx, Edicions personals, 2002) i el conte "Nubes" dins Aeda, la ruta del verbo (Elx, Solara Literatura, 2001) pel qual rebè un reconeixement literari i que ací presentem amb el permís de l’autor.

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